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Un equipo de científicos del Reino Unido ha descubierto grandes ríos que fluyen a cientos de kilómetros de profundidad bajo el hielo de la Antártida.
Este hallazgo echa por tierra la idea de que esas masas de agua dulce habían permanecido selladas durante millones de años, albergando por tanto especies únicas.
No es fácil saber qué ocurre cuatro kilómetros por debajo de la superficie de hielo de la Antártida. Es conocido que bajo esa capa helada existen lagos, como el Vostok, el séptimo mayor del mundo y una de las últimas zonas por explorar del planeta. Hasta ahora se pensaba que estos lagos subglaciales estaban relativamente aislados y tenían una larga existencia.
Sin embargo, un estudio del University College de Londres y de la universidad de Bristol (Reino Unido) revela que estos lagos podrían estar conectados entre sí mediante un sistema de túneles bajo el hielo, formando auténticos ríos secretos en el continente helado.
Según detallan los investigadores en el último número de «Nature», estas masas de agua podrían rellenarse de forma regular en respuesta a acumulaciones de la presión de agua. Así, algunos flujos podrían incluso llevar el agua del lago hacia la costa de la Antártida, permitiendo a los lagos descargar en el mar.
Gracias a observaciones de satélite los investigadores comprobaron que bajo la capa de hielo de la Antártida la superficie de hielo tenía elevaciones en dos lagos subglaciales y disminuciones en otro a 290 kilómetros de distancia. Los investigadores entienden que estas diferencias pueden deberse a la existencia de una corriente de unos 1,8 kilómetros cúbicos de agua durante un periodo de 16 meses bajo los cuatro kilómetros de grosor de la capa de hielo.
Además de obligar a replantear algunos planes para perforar estos lagos, pues su conexión pondría en riesgo de contaminación a toda la red de lagos subglaciales, este hallazgo echa por tierra la idea de que esas masas de agua dulce habían permanecido selladas durante millones de años, albergando por tanto especies únicas que se desarrollaron en él. Por eso, eran considerados como «cápsulas del tiempo», que datan del periodo en que el continente empezó a helarse.
De ahí que los científicos hayan creído siempre que esas especies arrojarían luz sobre otros ecosistemas extremos de otros planetas, como el océano glacial de Europa, una de las lunas de Júpiter. Uno de los autores del estudio, el profesor Duncan Wingham, del University College, asegura que «la noción de que esos lagos eran laboratorios biológicos aislados, va a tener que replantearse».
Hasta la fecha, los científicos han descubierto más de 150 lagos subglaciares, aunque sospechan que pueden existir miles. El mayor es el lago Vostok, que fue descubierto en 1996 por científicos rusos y británicos. Siempre se ha creído que su agua es muy antigua, con un tiempo de residencia medio del orden de 1 millón de años (comparado con los 6 años para el lago Ontario, una cifra normal para lagos de este tamaño), y se han encontrado evidencias de la existencia de bacterias en la capa de hielo a 3.600 metros de profundidad, sugiriendo que el agua del lago pudo sostener la vida. Una idea que defiende en la BBC, Cynan Ellis-Evans, de la universidad de Cambridge, quien cree que este estudio se ha hecho sobre lagos pequeños, pero que el Vostok y otros grandes lagos se han desarrollado de manera aislada y, por tanto, sí pueden ser «cámaras del tiempo» que podrían ayudarnos a entender la vida en otros entornos extremos.
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